Por César Luis Penna
La verdad es que no entiendo como Don Justo nos entregó a los centralistas, fuimos decididos a cada combate, luchamos con inteligencia y fuerza para que seamos libres de toditos los gringos, que nadie nos dijera qué hacer, él siempre nos decía lo grande que iba hacer la Confederación junto con los hermanos que nos dio el Gran General Don José.
Nos fuimos casi un batallón entero, los que se quedaron, lucharon durante años con nosotros hombro a hombro. Nos dijeron: “Los entendemos, pero debemos cuidar al General ¡Hasta lo último! Vayan, que si nos mandan a buscarlos iremos en burro” y con una seña con la cabeza nos despedimos para no vernos nunca más.
Anduvimos por los campos de la provincia, durante tanto tiempo que ya no contaba los días.
Nos fuimos juntando con otros patrones, solo con el fin de pelear con los centralistas, y todo enemigo de la Confederación. Ganábamos y perdíamos, cada nueva batalla resultaba difícil.
Muchas veces nos preguntábamos de dónde sacaban tanta pólvora. Porque eso hacía una lucha desigual.
Pero los que marcaban el camino en nuestro antiguo batallón, una noche de luna llena, nos convocaron para una charla importante. La voz líder se paró en la ronda del fogón y dijo: “Bueno hasta acá llegamos todos juntos, un grupo nos vamos para la Banda Oriental, el resto es libre para hacer lo que quiera”.
Casi no pude cerrar los ojos. ¿Qué iba hacer? Sí, tengo las dos manos y toditas las patas así que podría trabajar en algún campo… Pero el que nace carnicero no cría plantas y podía seguir peleando con el facón en mano hasta morir. Al final me dormí, y cuando desperté no había nadie. Vi que las huellas de los pingos iban pa’ la derecha y agarre para el otro lado.
Entramos a marchar con el bayo y de pronto se habían robaron los árboles, nos agarró la sed y me bajé. Caminamos despacito, uno al lado del otro. De a ratos parábamos solo para ver si encontraba algún charco o sombra aunque sea.
Tenía los ojos quemados del calor y de pronto vi un arbolito con algunas hojas. En esa sombrita nos tiramos y nos dormimos una siesta.

Justo cuando estaba soñando con un río enorme, que tenía las patas en el agua, comiendo pescados, y tomando vino… un golpe me despertó.
–¡Deje de soñar pavadas hombre!
Parado junto a mi estaba un gaucho de pilchas limpias y un sombrero de ala negro, sino me hubiera pateado hubiera jurado que era una sombra.
–¿¡Y usted quién es para decirme eso!?
Se lo dije enojado porque puedo estar durmiendo en la tierra pero soy un gaucho que ha peleado por esta tierra donde duermo.
–Solo soy un amigo que lo quiere sacar de la miseria.
–Pero ¿quién es uste?, y no se lo vuelvo a preguntar.
–Ese facón oxidado solo es alimento para mí, para que pueda pronunciar mi nombre debería cortarle la lengua y solo así lo pronunciaría bien. Yo vengo de abajo mi amigo.
–¡Centralista! ¡Ya me lo imaginaba!
– No… más abajo, donde hace más calor.
–Pinta de esclavo no tiene, y de indio tampoco, así que ¡no mienta carajo!
–-Uno de los nombres por el que me conoce la gente es Luci…
–¿Como una mujer?, raro eso hasta para uste…
—Lucifer. ¿Entiende?
—Si, tiene un nombre de mujer bueno, todos tenemos nombres raros, tenía un compadre que se llamaba José María de los Milagros… todos lo llamábamos “Lamari” terrible destripador.
–¿Pero usted nunca fue a una iglesia? ¿Nadie le contó sobre nosotros?
–Eso es cosa de mujeres, en las batallas hablamos de otras cosas, nosotros conocemos el sufrimiento, la sed, el hambre, el fuego en la carne y el miedo… eso conocemos.
–¿Sabe dónde estamos? –preguntó el hombre sombra con ojos ya de otro color.
–En el medio de los territorios de la Confederación, los que Artigas y el Pancho defendieron, el que regamos con nuestra sangre para que florezca el futuro, como nos decía Don Justo.
–No amigo… ¡Pare un poco! Usted murió de un tiro en la espalda, le robaron el caballo y lo dejaron para que los perros se lo comieran, mírese la pilcha rota en el pecho.
—¡De qué habla hombre!, gua a creer que estoy muerto…
—Mire… –En ese momento estiró la mano que se le puso colorada y salió de la nada una llama y me mostró lo que había pasado–. Mire, como usted ha servido muy bien a “nuestras causas” le doy la oportunidad de terminar con todas las guerras, para que la gente como usted viva tranquila, rodeada de animales, vino y lo que deseen.
–No me venga con cuentos yo seré ignorante, pero, si eso me pasó de verdad, no se puede volver. Déjeme tranquilo…
–Bueno, tuvo su oportunidad –dijo el del sombrero negro y caminó unos pasos hacia atrás.
Su atuendo cambió de color a uno color leche–. Está bien, veo que usted es un hombre valiente, e inteligente, en realidad no hay un abajo, pero puede quedar vagando por toda la eternidad hasta que ni recuerde quién es, va a morir eternamente, a sentir cada muerte cada vez con más dolor, y va a rogar para desaparecer. Pero nadie lo escuchará.
–Ya estoy cansado y podrido ahora no me quiero imaginar algo así, uste gana, ¿qué quiere?
–Solo justicia, ¿reconocería a los compañeros suyos que se fueron?
–Sí señor.
–Bueno, su trabajo es ir para el otro lado de donde vino y cuando los vea, hacer que no vuelvan a despertar. ¿Entendió?
–SI hombre no soy tan burro.
–Tomé mi sombrero le servirá para esto, su recompensa la sabrá cuando terminé.
Un remolino de tierra lo tapó y de repente estaba al costado de un camino arbolado y el pingo ahí cerquita.
Una humedad me arrasó las patas. ¿Me habré dormido? Me toqué para sentir alguna herida pero no tenía nada. Mojé mi cara en un arroyo y me acerqué al bayo, llevaba un sombrero negro en la monta, un fusil y un facón más largo de lo normal. Me lo monté y recordé palabra por palabra de esa charla… le di la vuelta y nos fuimos rumbo al amanecer.
Anduve por los polvorientos caminos parando solo para tomar agua, convencido de lo que tenía que hacer. Había noches que no sabía lo que estaba haciendo pero ni bien salía el sol ahí partía.
A la sombra de unos árboles los encontré, vi que uno estaba mal herido y había un par manchados con sangre pero no de una batalla sino de una agarrada con alguien. Los saludé de lejos y me acerqué despacito.
–¿Cómo andan compañeros?
–Acá medio jodidos, nos cruzamos con unos y casi salimos perdiendo. ¿Uste qué anda haciendo?
Sus palabras me sonaban vacías y con un miedo que no podía entender.
–Bueno yo me jui, me perdí y me di cuenta que solo no sirvo para nada, así que los andaba buscando. ¿Qué podía perder?
–Miré, nosotros hemos peleado en todos lados pero ahora estamos jodidos, porque seguro nos perseguirán por todos lados.
–¡Hasta el final compañero!
Estuvimos hablando un rato y nos metimos a lo más espeso del monte.
Nos quedamos charlando de los viejos tiempos hasta que el vino los llevó a dormir.
Me quité las pilchas para no ensuciarlas y con el facón los pasé para el otro lado uno a uno.
Me puse hasta el sombrero y me jui despacito en la oscuridad. Justo al amanecer cuando estaba a orillas de ese río que parece un mar, un tipo se apareció en medio de camino:
–Vine por mi sombrero, mi amigo, veo que usted cumplió, así que lo haré también, desde ahora usted es una persona normal. Sepa que el río limpia el cuerpo y el alma, solo que no vaya muy profundo.
Se puso el sombrero y al reflejo del sol desapareció. No entendí una palabra de lo que dijo pero pasaré mis días en la orilla, comiendo unos ricos pescados y tomando vino, ese de la botella que tenía la montura que nunca se termina.
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